 |
Porque ésta desea lo que es contrario al Espíritu,
y el Espíritu desea lo que es
contrario a ella.
Gálatas 5:17
|
Esa naturaleza pecaminosa de la que hablamos
hace unas semanas a veces asoma su cabeza en la forma del pensamiento yo merezco más. Nos lleva a demandar el
mejor negocio, la parte del león, el mayor reconocimiento y lo mejor de todo.
Desde la más temprana infancia, como hemos visto, nuestro impulso es enfocarnos
en nosotros mismos y no considerar las necesidades de los demás. Y sí, esta
actitud de “lo merezco” puede permear el matrimonio. El resentimiento puede
escalar sobre quién trabaja más, quién gasta más de su parte del dinero, y
quién no está haciendo lo suficiente para servir al otro. Entonces el enojo
irrumpe sobre irritantes insignificantes que burbujean del caldero de las
emociones. Muchas peleas en el matrimonio comienzan con la creencia de que
estamos siendo defraudados en la relación.
Tenga cuidado con esta trampa. El instante en
que comenzamos a pensar que merecemos más, hemos comenzado a ir cuesta abajo
por el resbaloso camino que conduce al egoísmo. Puede devastar una relación.
John Ferrier (el piloto cuya historia de
sacrificio leímos hace un par de días) no merecía morir en un vecindario de
Ohio, pero cuando se presentó la crisis, él escogió sacrificarse por los demás.
Jesús no mereció ser clavado en una cruz de madera, pero por el amor a su Padre
y a nosotros, se permitió a sí mismo ser crucificado. Esta clase de amor
expiatorio busca servir, y no “merecer”, y eso ¡cambia todo!
No hay comentarios:
Publicar un comentario